Creatividad, Innovación y Estrategia | Monday 20 October 2014

Me vais a permitir un post “off topic” (o no tanto). Desde hace algún tiempo estoy intentando leer todo lo que puedo sobre gestión de despachos de abogados y el futuro de nuestra profesión. El abogado en España es visto como una persona clásica, chapada a la antigua, rodeado de tapete verde y roble, y al que se acude cuando se tiene un problema o, en el mejor de los casos, para que revise un contrato (pero sin meter las narices más de lo imprescindible). Esta forma de actuar es compatible con la formación que solemos recibir en las facultades de Derecho, en donde nos obligan a memorizar miles de páginas, para reproducirlas en los exámenes como máquinas fotocopiadoras, pudiendo terminar la carrera completamente sin haber visto ni un solo contrato, una sentencia o sin haber tenido que utilizar la cabeza (más allá que para memorizar) ni una sola vez.

Este escenario contrasta mucho con el de otros países, como EE.UU. o el Reino Unido, donde el abogado es parte del proceso productivo de la empresa (en muchas, la figura del business affairs está unida a la del legal affairs, es decir, el negocio está con lo jurídico), y se le tiene presente desde el inicio de cualquier asunto, proyecto o controversia. En estos países, el abogado es alguien pragmático, que mira siempre por el negocio y la rentabilidad, y que, de cada asunto, tiene una visión muy superior a la que se nos pide/permite aquí. En las escuelas de Derecho pasa un poco lo mismo; no se trata tanto de memorizar sino de estar capacitado para analizar asuntos, desarrollar el sentido común, manejar los materiales y la jurisprudencia y proponer soluciones y argumentos a los problemas.

Si algo diferencia a una y otra forma de enseñar y practicar el Derecho es la capacidad de Creatividad que se permite en un sistema y que se aniquila en otro. Esa capacidad de no seguir siempre el mismo camino para analizar y resolver asuntos, que se incentiva en el sistema anglosajón (quizá porque se pretende evitar pleitos a toda costa, por lo antieconómico que resultan), y que ni se contempla (generalmente) en nuestro país. Quizá por mi contaminación anglosajona, en el día a día suelo evitar los pleitos hasta extremos insostenibles, lo cual no siempre es sencillo, tanto por el sistema (que no desincentiva el acto de pleitear) como por el propio sector jurídico (que, “por defecto”, piensa ya en el pleito cuando le llega un asunto a su mesa). Pero es que cuando un tema llega a un pleito, los únicos que ganan seremos los abogados, que cobraremos nuestras minutas, cuyos negocios no estarán condicionados por dicho procedimiento judicial, y que están más acostumbrados emocionalmente a convivir con ellos.

Al ser un convencido del modus operandi anglosajón, siempre intento hacer proselitismo de ello, de integrar al abogado en el proceso productivo de la empresa (ser considerado un consultor, estratega, intercesor o mediador), de que el abogado sea creativo y, por encima de todo, rentable (que aporte valor a la compañía, más allá que para evitar problemas).

Muchos expertos, entre los que destaca Richard Susskind, vaticinan que el sector jurídico sufrirá en los próximos años el mayor cambio que jamás hayamos tenido. Consideran que a nuestro sector llegará, por fin, la industrialización que hace años llegó a otros sectores, gracias a la cual se automatizarán labores que ahora hacemos de forma manual y que apenas aportan valor al cliente: redactar un contrato, preparar un informe o un escrito… actos que ahora nos llevan 4-5 horas de trabajo los podremos hacer en 30 minutos (con el consiguiente ahorro para el cliente y aumento de la competitividad entre los que tengan estas herramientas -innoven- y los que no). Los abogados con menos de 50 años creo que no imaginamos cómo era nuestra profesión sin email, al igual que los futuros letrados no comprenderán cómo invertíamos 6 horas en un documento, que en pocos años podrá hacerse en pocos minutos.

En ese escenario (que llegará tarde o temprano, tanto a un país con una tradición como a otro), el abogado tendrá que reinventarse, ser estratega, negociador y mediador. Deberá aportar un valor diferente al de una máquina, que reemplazará a los letrados que se limiten a preparar escritos tomando extractos de otros previosLa creatividad, la innovación y la estrategia creo que serán necesarias para adaptarse a esta nueva realidad de nuestra profesión.

De todos estos temas se hablará el martes (21 de octubre) en el Museo Reina Sofía, en el Legal Management Forum (organizado por Wolters Kluwer e Inkietos), donde precisamente Richard Susskind hablará del futuro de los abogados. Allí nos veremos.

Un comentario

  1. Álvarez Ramos Abogados | permalink | 15.9.2015 a las 19:30:

    Grata sorpresa entrar a esta página buscando información sobre propiedad intelectual y acabar encontrando a Richard Susskind. Para todo el que lea este comentario, le recomiendo que se olvide de su último libro “Tomorrow’s lawyers” (a pesar de que sea el que está vendiendo actualmente) y se remita directamente a “The end of lawyers?”, el cual en mi opinión es una verdadera joya. A todos los abogados, pero sobre todo a los que comiencen su andadura como gestores de un despacho, les será muy útil.

    Un saludo.
    Miguel Álvarez

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